«Cuando tu Madre haya ya envejecido, Cuando sus amorosos y esperanzados ojos ya no vean la vida como alguna vez lo hicieron, Cuando sus pies, ya cansados, No puedan ya sostenerla mientras camina… Entonces, entrégale tu brazo en apoyo, Acompáñala con alegría, Vendrá la hora en que, sollozando, deberás acompañarla en sus últimos pasos. Y si algo te pregunta, entonces dale una respuesta. Y si te pregunta de nuevo, ¡háblale! Y si te pregunta aún otra vez, respóndele, No impacientemente, sino con gentil calma. Y si no puede ella entenderte con claridad, explícale todo con gentil alegría. Vendrá la hora, la amarga hora, en que sus labios no preguntarán nada más.»

Y si te pregunta de nuevo, ¡háblale! Y si te pregunta aún otra vez, respóndele, No impacientemente, sino con gentil calma.

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Nadie desconoce que el inconmensurable poder del que dispuso Hitler no tuvo parangón durante varios años. Al mando de sus soldados, sembró el terror en todos aquellos que se atrevían a desafiarle. Sin embargo, lo que es menos recordado es que el mandatario nazi sentía una obsesión enfermiza por las reliquias debido a que, según pensaba, su poder le ayudaba a mantener en alza su imperio. Entre otros, uno de los objetos que deseaba tener entre sus manos era la Lanza de Longinos, el arma que un soldado romano clavó a Jesucristo en la cruz y cuya leyenda afirmaba que su poseedor no perdería jamás una batalla

Este artefacto, también conocido como «La Lanza del Destino», no fue el único objeto que Adolf Hitler trató desesperadamente de encontrar, sino que en su lista también se encontraban reliquias de tal calibre como el Arca de la Alianza o el Santo Grial. Sin duda, las obsesiones del líder alemán parecen más bien propias de un guión de las populares películas de «Indiana Jones».

no fue el único objeto que Adolf Hitler trató desesperadamente de encontrar, sino que en su lista también se encontraban reliquias de tal calibre como el Arca de la Alianza o el Santo Grial.

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